- Sabes que siempre cumplo mi palabra. Eres una amiga que conozco desde la infancia. Nunca te traicionaría.
Madea se subió al carro y se escondió entre las hierbas.
- ¿Dónde deseas que te lleve? -le pregunté a Medea.
Oí un leve murmuró y le repetí a Medea la pregunta. Entonces ella me contestó:
- Fuera de Atenas, y si me llevas lejos del mundo complacerías mis deseos.
- Y mi gran amiga, siento la curiosidad de preguntarte, ¿porqué deseas irte lejos, cuando tienes a tu marido y unos hijos excelentes?
- No me queda nada. Te resolveré la curiosidad en un instante, ya que tú eres la única persona que me queda en este mundo...
-Te escucharé encantado. -dije a Medea. Entonces, puse en marcha el carro dando un golpe seco en el lomo del caballo que se encontraba en el extremo derecho.
- Hace unos días me encontré en el lecho de mi marido, una carta con el sello de la familia del gran Creonte, y sacando conclusiones adiviné que mi hermano tenía una amada. La hija del gran Creonte, Glauce.
Una vez me enteré, mi marido pidió a Creonte que me desterrara, ya que por mi ágil pensamiento podría hacer cualquier maldad a Jasón y a Glauce. Una vez me comunicaron el destierro, le dije al rey Creonte que en un día, yo estaría lejos de Atenas. Pero antes de partir, fui a buscar a Glauce. La di unos presentes que lo componían una corona de oro y un peplo que causan la muerte con el simple contacto.
- Oh! Mi gran amiga Medea, ¿pero que has hecho? Tus hijos serán castigados por el gran Creonte si tú desapareces!
- Tranquilo Helios, mis hijos no sufrirán. Una vez el cadáver de Glauce quedó tendido en el lecho, salí por la ventana de la torre. Entonces fui a buscar a mis hijos y, gracias a un vecino, me comunicaron que el rey Creonte, junto con mi marido Jasón, se encontraban camino a la casa en busca de mis hijos. Por lo que sin más pensamientos en mi cabeza que el asesinato de mi hijos en manos de un padre mentiroso, di muerte a mi hijos con mi propias manos clavándoles un cuchillo en el pecho....
No escuché una palabra más salir de la boca de Medea y entonces oí un leve llanto procendente de las hierbas del carruaje.
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